Sin heroísmos, por favor: Raymond Carver

“Huye de lo que te cause indiferencia en la escritura, como lo harías en la vida.”
Bartleby editores publicó el año pasado –2005– este libro de Raymond Carver. Tal vez “libro” sea demasiado decir, si pensamos que no cuenta con ningún tipo de unidad; tal vez lo que dice en la solapilla –“obra póstuma de Carver”– nos dé la falsa impresión de que este libro recoge realmente una obra pensada como tal por su autor. No se trata de nada de eso sino de un “puñado de papeles” que tal vez Tess Gallagher encontró en algún cajón y decidió sacar a la luz. Un puñado de papeles de distintas épocas, estilos, géneros... poemas, sus primeros cuentos, prólogos a colecciones de cuentos, algunos comentarios sobre libros y autores que están reunidos bajo el curioso título de “crítica literaria” y dos comentarios más que van bajo el aún más curioso título de “ensayos”.
Dado el estilo de Carver no creo que sea muy importante la clasificación precisa de sus obras; incluso es probable que ni siquiera sea sencillo a veces lograr la separación de sus textos en apartados estancos claramente distanciados unos de otros: poemas que parecen cuentos en prosa, críticas que parecen cuentos... si pueden ir juntos “cuento” y “poesía”, como el propio autor sostiene [1], entonces también pueden ir juntos “ficción” y “realidad”, por qué no, si hablamos del rey del “realismo sucio”. De hecho, la única clasificación que me parecería realmente pertinente en este libro es la que lograra distanciar la voz de Carver cuando hace literatura de la voz de Carver cuando habla de ella, es decir, algo así como “literatura” y “sobre literatura” (y evito utilizar la palabra “creación” porque en su caso todo tendría que ser finalmente creación).
En el primer apartado estarían entonces sus cuentos. Sorprende Tiempos revueltos (Selection, 1961) por su estilo radicalmente distinto al del Carver maduro; en este cuento hay tal cantidad de palabras innecesarias, rodeos, divagaciones o digresiones –siempre teniendo en cuenta su estilo– que si no fuera por algunas marcas (objetos, espacios, etc.) sería difícil creer que es suyo. Los aficionados (Toyon, 1963) y Poseidón y compañía (Toyon, 1963), aun cuando más próximos en el estilo, también sorprenden por sus temas completamente alejados del realismo, o, mejor dicho, directamente fantásticos. Algo en Los aficionados recuerda a La noche boca arriba (1956) de Cortázar, sólo que sin saltos temporales ni artificios narrativos; y mucho de este cuento recuerda a Juan Rulfo. Aparecen, por último, dos cuentos más, los mejores del libro y los más próximos al estilo de ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (1976) o de De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981), en los que se reconoce claramente al escritor profesional: El pelo (1963) y el extraordinario Manzanas rojas y brillantes (Gato magazine, 1967).
La muestra narrativa termina con el fragmento de la novela, El cuaderno de Augustine, que ha hecho que me pregunte por la conveniencia de sacar algunos de estos papeles del cajón del escritorio en el que quedaron después de la muerte de su autor. Se trata de un trozo mínimo de historia con escaso valor literario por sí mismo, pues claramente su destino no era aparecer en una antología ni en una muestra de estas características. Pero ahí queda, ni hace brillar el resto de la obra de Carver ni la vuelve más opaca.
Luego viene la sección de poemas, algunos ya conocidos hace tiempo en castellano. De ellos, mi preferido es:
ALGO ESTÁ PASANDO
Algo me está pasando
si me fío de las
sensaciones no se trata precisamente
de otra locura querida
estoy ligado todavía
a la misma vieja piel
las ideas puras y los deseos ambiciosos
el pene limpio y saludable
a toda costa
pero mis pies comienzan
a decirme cosas sobre
sí mismos
sobre su nueva relación con
mis manos corazón pelo y ojos
Algo me está pasando
si pudiera te preguntaría
si has sentido algo parecido alguna vez
pero ya estás demasiado
lejos esta noche no creo
que pudieras escucharme además
mi voz también está afectada
Algo me está pasando
no te sorprendas si
un día te despiertas temprano bajo este radiante
sol mediterráneo me miras
de reojo y descubres
una mujer en mi lugar
o peor
un hombre encanecido y extraño
escribiendo un poema
un tipo que apenas puede poner en orden las palabras
que simplemente mueve los labios
intentando
decirte algo
Winter Insomnia, 1970
Creo que esta inclinación hacia la brevedad y la intensidad del relato se debe al hecho de escribir también poesía, escribe Carver en 1988, en un texto que está recogido en la sección más interesante del libro: la que enfrenta al escritor a su obra, a la de los demás, a la literatura, a la creación. Leer la poesía de Carver produce el mismo efecto que leer sus relatos, pues todo parte de “una decisión”,“un conflicto”, “un drama” y sus “consecuencias”. Es decir, narrativa.
Un buen relato, según Carver, debe fluir con agilidad. Para lograrlo el escritor debe encontrar las palabras justas, la imagen precisa y la puntuación exacta para que el lector se sienta atrapado por la historia y no pueda levantar los ojos del texto “aunque se incendiara la casa”. La búsqueda de la palabra justa es propia de la poesía, sin duda, de ahí la toma Carver, concretamente de Ezra Pound: la máxima precisión en el decir es la única moral de la escritura; pero también la podemos ver en los mejores cuentistas, Rulfo, Borges, Poe... La palabra precisa, nada de más, nada de barroquismos novelescos; escribe Carver: Puede que sea inútil pedir a las palabras que asuman el poder de las acciones, pero sin duda tiene que ser la aspiración del joven escritor. También hay otras razones para escribir con tal economía de recursos:
Me encanta la agilidad con la que fluye un buen relato. La curiosidad que a menudo despierta su primera frase. El sentido de la belleza y del misterio que irradian los mejores. Y también que se pueda escribir [2] o leer sin moverse del mismo sitio, como los poemas.
Economía, precisión, realismo absoluto de situaciones, espacios, personajes; aunque no hay tiempo en los cuentos de Carver para la descripción prolongada de todo ello, sí hay, siempre, descripción exacta de la realidad y sus detalles.
Me sigue atrayendo el método tradicional (alguno diría que pasado de moda) de contar una historia: una capa de realidad que se despliega sobre otra enriqueciéndola; un incremento de sentido a través de los detalles; diálogos que revelan el carácter de un personaje pero que, sobre todo, hacen avanzar la historia. No me interesan demasiado las revelaciones que se caen de la nada, los caracteres difusos. Relatos en los que la técnica narrativa lo es todo, en los que no pasa casi nada o lo que ocurre está al servicio de una agria visión del mundo. Desconfío también del lenguaje hinchado que practican algunos. Creo en la eficacia de la palabra precisa, sea un sustantivo o un verbo, frente a la frase escurridiza, abstracta, caprichosa. Me propuse deliberadamente alejarme de los relatos que, desde mi punto de vista, no estuvieran bien escritos. Relatos donde las palabras tropezaran unas con otras oscureciendo el sentido. Si el lector pierde el hilo y el interés, el relato lo sufre y termina por morirse en sus manos.
Llama la atención que a este realismo tan límpido y cristalino se le llame precisamente “realismo sucio”. Realismo al estilo de Edward Hopper, con quien suele comparársele, y, como él, claro/oscuro pero no sucio, porque detrás de las palabras cristalinas (trasparentes y frías) del narrador no hay segundo plano, sólo están los sentimientos del lector.
Lo que tiene, justamente, de curioso Manzanas rojas y brillantes es que no hay en él una capa de realidad que se despliegue sobre otra capa de realidad para enriquecerla, sino que existe entre la realidad y el mundo un segundo nivel de verdad, el de la cabeza enferma del personaje que recrea su realidad a partir de lo que ve en la pantalla; por tanto un narrador que explica y que, a la vez, necesita que el lector saque conclusiones. Nada menos carveriano que este recurso, y, sin embargo, el cuento es perfecto en su estilo, lo cual podría significar que los cuentos de Carver, incluso con algo más de artificios narrativos, podrían ser tan buenos como los cuentos de Carver (sin ellos), en cuyo caso serían algo más parecido a los cuentos de Faulkner que a los cuentos de Carver.
Cuando alguien termina de leer algo que le parece hermoso y cierra el libro, espera unos minutos y se recoge en sí mismo. En ese momento, si el escritor ha hecho bien las cosas, sentirá la conjunción de la emoción y el intelecto.
[1] En una entrevista con Claude Grimal, Carver responde a las preguntas de si se considera tan buen poeta como cuentista y cuál es la relación entre su poesía y su prosa: My stories are better known, but, myself, I love my poetry. Relationship? My stories and my poems are both short. (Laughs.) I write them the same way, and I'd say the effects are similar. There's a compression of language, of emotion, that isn't to be found in the novel. The short story and the poem, I've often said, are closer to each other than the short story and the novel.
[2] Lejos de ser una broma de Carver, el hecho de que sea importante que un cuento se pueda escribir sin moverse del mismo sitio tiene una justificación: Life circumstances. I was very young. I got married at eighteen. My wife was seventeen; she was pregnant. I had no money at all and we had to work all the time and bring up our two children. It was also necessary that I go to college to learn how to write, and it was simply impossible to start something that would have taken me two or three years. So I set myself to writing poems and short stories. I could sit down at a table, start and finish in one sitting.




