Reichenau de Juan Benet
El cuento narra la historia de un viajante que por dos veces debe enfrentarse a su miedo. La primera vez ocurre en un caserón, próximo a Región, al que el viajante llega tras perderse una noche en un cruce de carreteras. Un indiferente casero le entrega la llave de su habitación, tan desierta como el resto del casi improvisado hostal y tan desierta como el pueblo en el que éste se halla. Antes de dejarlo, el casero le dice que si necesita algo no tiene más que llamar al timbre.
El vendedor se duerme enseguida, pero pronto despierta, sudado y agobiado por la pobreza “teresiana” de su habitación. Oye el eco de unas voces a lo lejos que le llegan a través de las paredes y de las habitaciones de la casa; risas contenidas, palabras que desaparecen en el aire antes de cobrar sentido, tal vez de las sirvientas. La atmósfera se vuelve cada vez más inquietante, quizás producto de su fiebre; o quizás es a la inversa y la fiebre sea consecuencia de la inquietud del espacio. Dos veces enciende la luz, y en ambas ocasiones las voces desaparecen momentáneamente.
Por medio de una brevísima focalización interna en el personaje protagónico el narrador nos transmite la turbadora escena: los secretos malignos, el torbellino, los gestos y movimientos abortados y esfumados de las mujeres que “viven” en la oscuridad y que vencen a la luz. Pese a su miedo el viajante no puede apretar la pera del timbre para pedir ayuda al casero (en un primer momento debido a su aprensión); poco después es el miedo el que lo paraliza y le impide tocar el timbre, a pesar de tener la pera en la boca, entre los dientes. En un crescendo paralelo al poder de las voces femeninas (que se recogen con él bajo las sábanas) y la atmósfera fantástica, el viajante no puede contener ni las lágrimas ni la orina.
La noche termina sin que el protagonista pida ayuda al casero que, naturalmente, a la mañana siguiente, actúa sin demostrar sorpresa, como si hubiese sabido lo que iba a suceder, o, al menos, como si supiera lo que el personaje vivió. No sin desdén el viajero se despide del hostal sintiéndose vencedor de su propio miedo y, sobre todo, vencedor de la tentación de haber aceptado la ayuda del casero. Sin embargo, queda en el aire una advertencia (pese a las palabras del casero que el narrador nos hace llegar en estilo traspuesto):
“[...] la oblicua mirada del dueño del hotel que, sin duda ―añadiendo el despecho a guisa de interés―, quiso significarle que bien podía haber ahorrado tal trance con sólo haber apoyado el timbre; que no era un reproche ni una advertencia, sino la exposición de un estado de cuentas; que no se llamara a engaño porque el trance que había sufrido no era más que la sanción al rechazo de su oferta; y que en circunstancias análogas otra vez lo pensara mejor porque bien podía ahorrárselo con sólo apoyar el timbre. Que bien claro se lo había dicho la noche anterior”.
La segunda parte del cuento comienza con un sumario iterativo que nos habla de los inicios del hombre como vendedor ―cuya temporalidad remite al momento en que se localiza la historia anterior―, de su éxito profesional alcanzado, del bienestar económico actual.
Una noche plateada, en Reichenau, cerca del lago de Constanza, el viajante, que duerme como de costumbre en un hotel, se despierta con picor de garganta y opresión en los pulmones. Se comienza a gestar una secuencia en claro paralelismo con la anterior: oye, entre el sereno rumor de los árboles, el rumor de una presencia inquietante: abetos, tilos y alerces parecen aplaudir “los despropósitos e insensateces de un oculto animador nocturno inasequible a los sentidos del hombre”. Reaparecen las risas femeninas que, esta vez, se imponen en un primer momento al sonido del viento y al susurro de los árboles. El viajante cierra la ventana para mitigar el sonido de las risas, pero ellas no se van hasta que él enciende la luz y llama a la camarera.
Recuerda el protagonista entonces aquella primera noche en la que no sucumbió al miedo ni al ofrecimiento de ayuda; se siente derrotado y espera que tras la puerta aparezca la figura cartón piedra del casero del hostal de Región.
Como suele ser frecuente en los mejores cuentos, las primeras líneas ya anticipan, en Reichenau, la estructura de la narración. El cuento comienza con una breve línea en la que el narrador nos sitúa en dos temporalidades distintas, el ahora y el entonces: “Años atrás le había dicho: ”, y luego: “―Si desea usted algo no tiene más que llamar al timbre; yo acudiré enseguida”. Este comienzo nos advierte, además, de la presencia de los dos personajes que se van a mantener a lo largo de la historia (el viajante y el casero), a la vez que centra la atención en el conflicto (el miedo, pedir ayuda). En pocas palabras, en su inicio se halla contenido el nudo del cuento, y, pocas líneas más abajo, lo que va a desencadenar la búsqueda del objeto: “quiso dar a la frase una intención que entonces no supo adivinar, ansioso por llegar a la cama y demasiado ocupado por la sensación de malestar que le produjo el sujeto”.
Desde la segunda frase hasta el término de la primera parte de la historia (marcado con un asterisco) nos encontramos ante una larga analepsis en la que se nos entregan dos versiones ligeramente distintas de las palabras del casero. El reto o, más bien, la prueba a la que es sometido el viajante está clara: debe luchar contra el miedo, y, sobre todo, no debe pedir ayuda cuando la necesita. En medio de una atmósfera fantasmagórica, irreal y aterradora, las voces de las mujeres y sus risas son las fuerzas inversas instrumentales contra las cuales debe luchar el sujeto-viajante. Para superarlas el personaje cuenta con la clara ayuda de la luz (que falla la segunda vez) y del amanecer; y vence, supera la prueba, recupera la confianza en sí mismo, pese a las dificultades. Es decir, logra su objeto.
Antes de que termine la primera parte, si embargo, el narrador vuelve a plantear el nudo de la historia. Si al comenzar el cuento nos había advertido de la intención del casero al pronunciar su ofrecimiento de ayuda, aquí no sólo nos encontramos con la mirada oblicua del mismo sujeto sino con una clara advertencia de que el hecho volverá a ocurrir. Y, entre todas, una frase clave: “que no se llamara a engaño porque el trance que había sufrido no era más que la sanción al rechazo de su oferta”, es decir, todo lo ocurrido se debe, en última instancia, al rechazo de un ofrecimiento del que al menos uno de los personajes tenía conocimiento de antemano. El timbre, en este contexto, funcionaría también como elemento opositor a la voluntad del sujeto-protagonista, sin embargo, en tanto fuerza, no llega a concretarse, con lo cual su oposición es pasiva en comparación con la oposición que sugieren las risas de las mujeres.
En la segunda parte del cuento se nos plantea el mismo esquema, en un tiempo y un espacio diferentes, y en lo que ambos significan: lo que antes fue pobreza e inseguridad ahora es éxito personal; el espacio desierto del pueblo próximo a Región es reemplazado por la serenidad de los alrededores del lago de Constanza. Tenemos, por tanto, el mismo sujeto ―el viajante―; el mismo objeto ―sobreponerse al miedo sin pedir ayuda―; los mismos oponentes ―las fantasmagóricas voces femeninas y el timbre, que esta vez conduce a la derrota―; los mismos ayudantes ―la luz, el amanecer―, a los que ahora se suman los rumores de los árboles vencidos por las risas; el mismo destinatario ―el viajante―; y, finalmente, el mismo destinador: el dueño del caserón, el gran juez y la verdadera fuerza que plantea el desafío. Por eso no es extraño que, en el contexto fantástico del cuento, reaparezca ―o, para ser exactos, el protagonista tenga certeza de que aparecerá― la figura cartón piedra al abrir la puerta de su habitación en lugar de la camarera. De esta manera el casero no sólo es quien plantea el desafío, y, por tanto, quien posibilita que el sujeto persiga un objeto, sino que es el único que posee el poder para producir el conflicto (desde el momento en que el objeto le pertenece) tantas veces como sea necesario para la evolución del personaje protagonista. Y para sancionarlo después de su victoria o su derrota.




