Problemas de orden temporal (Mieke Bal)


(A) Comprendí que no lo podía aceptar. Con su rostro agotado contempló lo que quedaba de Masuro. Quería una razón ―¿si no, dónde estaba? Y lo único que podía parecerlo, con mucho de buena (y oculta) confianza, era el miedo. (B) Pero no había miedo. Masuro no había conocido el miedo. (C) Yo conocía bien a Masuro. (D) Así que se lo diré como si fueran un amigo, caballeros, aunque para mí es un misterio lo que harán con la información cuando la tengan.
(E) Hace dos años, cuando se le destinó a mi sección en Potapego, estaba yo charlando con el jefe de la aldea. Llegó el camión de Kaukenau, y de la cabina bajó un tipo moreno y fuerte de cabeza grande, ojos redondos y gruesos labios. (F) Entonces, de repente, vi su nombre en la carta del mayor frente a mí de nuevo. (G) «¡Heintje Masuro!».


(De: Harry Mulisch, «¿Qué le sucedió al sargento Masuro?»; trad. de Vicente Astadi y Mario Lleguet, en Universum 66. Barcelona, Ed. Géminis, 1967.)

Las mayúsculas [entre paréntesis] indican las diversas partes cronológicas en las que se puede dividir el fragmento. Cronológicamente, todas menos una preceden al tiempo de la historia propiamente dicha, el momento en el que una primera persona, informando sobre los acontecimientos, se dirige a las autoridades holandesas, al Departamento de Guerra, con las palabras: «Es un hombre tranquilo el que les escribe esto ―un hombre con la calma que sale a la superficie cuando toda esperanza ha huido.»

Cabe inferir que se nos va a presentar una intrigante historia de final desgraciado. En (A) el hablante está en contacto con un oficial médico ―un contacto bastante emotivo por lo que podemos juzgar. No es sorprendente, puesto que entre ellos yacen los «restos» de un cuerpo humano, el de Masuro, que se ha ido convirtiendo progresivamente en piedra, de forma misteriosa. (B) trata los posibles temores de Masuro, que ya ha muerto en (A). Por ello, en la fábula, (B) precede a (A); (C) ocupa un periodo mayor, digamos que entre la relación reanudada entre Masuro y el hablante, y el principio de los siniestros acontecimientos, causados o no por los miedos que se mencionan en (B). En (D) volvemos al presente de la historia: una primera persona redacta su informe al departamento. (E) recuerda el momento en el que tuvo lugar la reanudación de la relación en Nueva Guinea, y por ello precede inmediatamente a (C), o, más bien, (E) introduce el principio de (C), (F) se sitúa aún más atrás en el pasado: el hablante recuerda el momento en que, antes de la llegada de Masuro, ve su nombre mencionado en una carta. Si indicamos las diversas partes con mayúsculas, y su posición cronológica con cifras, se elaboraría la siguiente fórmula: A5-B4-C3-D6-E2-FI-G2. El fragmento comenzó con una agotada mirada y con confusión, y termina en la placidez de un renovado encuentro con el hombre: «¡Heintje Masuro!», en el que resulta sorprendente el contraste entre la familiaridad del nombre, un diminutivo holandés, y el exótico apellido. En vista de los acontecimientos misteriosos que le ocurren al hombre en cuestión, este contraste, combinado con las circunstancias conflictivas de los actores (un conflicto que ya se presenta con el nombre del lugar: Nueva Guinea Holandesa), no es de ningún modo accidental. La secuencia cronológica de acontecimientos, violada de forma tan clara aquí, se mantiene a grandes rasgos desde este momento en adelante. Pero este confuso principio nos ha ofrecido ya una imagen de la confusión que subyace en la fábula como conjunto.


Dificultades

He ignorado una cosa en este análisis. Las desviaciones cronológicas no son todas del mismo orden. (F), por ejemplo, tiene lugar en la «conciencia» del actante de primera persona. De hecho, el acontecimiento no es la visión del hombre, sino el recuerdo de la visión. En ese sentido el fragmento no es una desviación cronológica, y pertenece a (E) («Entonces»). En muchos textos, sin embargo, nos encontramos casi exclusivamente con este tipo de anacronía irreal. La denominada literatura del «monólogo interior», por ejemplo, se limita a la reproducción de los «contenidos de la conciencia», y, por lo tanto, no está sujeta a ningún análisis cronológico. Para solucionar este problema, y también para ser capaz de indicar en otros textos la diferencia entre esas «falsas» anacronías y otras ―como (E) en el ejemplo anterior―, cabe añadir los términos subjetiva y objetiva. Una anacronía subjetiva sería, entonces, una que sólo cabe considerar como tal si el «contenido de la conciencia» se sitúa en el pasado o en el futuro; no en el pasado de ser «consciente», sino en el momento de pensarlo.

Un problema equiparable sucede cuando se presenta una retrospección o una anticipación en estilo directo. Hablando con propiedad, aquí tampoco es cuestión de una anacronía real. El momento del discurso es simplemente parte de la historia (cronológica); el pasado o el futuro se mencionan sólo en los contenidos. [En rigor, éste es un problema de niveles narrativos]. De momento sólo necesitaremos señalar que el discurso tiene lugar en el segundo nivel.

Surge un tercer problema cuando intentamos determinar la posición de las unidades narrativas que hemos diferenciado entre sí. ¿Qué tiempo debemos considerar el tiempo primordial de la historia?, esto es, el tiempo en relación con el cual se pueda llamar a las otras unidades saltos adelante o anticipaciones. Naturalmente, la respuesta a esta pregunta es en extremo relativa. En (E) etiqueté el tiempo en el que el hablante escribe la carta como primordial. Con respecto a este tiempo primordial, todos los acontecimientos que constituyen realmente los contenidos de la fábula, la fosilización gradual del sargento Masuro, son retrospecciones. Si el resto de la historia se presentase ahora cronológicamente, carecería de sentido señalar en cada frase que nos referimos al tiempo de la historia 2, el periodo de la amistad reanudada hasta la muerte de Masuro. Hay textos, además, en los que la relación entre historia y fábula es tan compleja que un análisis sistemático sería inútil. En esos casos puede bastar una indicación general de las diferentes unidades de tiempo, mientras que cabe estudiar en detalle los fragmentos interesantes o complejos. Este es el método que ha seguido Genette en su análisis de En busca del tiempo perdido de Proust, una novela que ocupa más de mil páginas. La pregunta sobre qué tiempo se puede juzgar primordial no es en sí misma especialmente significativa; lo que puede tener importancia es situar las diversas unidades temporales en sus relaciones mutuas. En el texto de Mulisch, por ejemplo, es también posible tomar 2, el momento de la renovación de la relación, como punto de partida y con ello considerar todas las referencias a los periodos 3 al 6 ambos inclusive, hasta la escritura de la carta al Ministerio de la Guerra, como anticipaciones.

Finalmente, se puede presentar un cuarto problema. Es perfectamente posible que las anacronías estén intercaladas, que estén entretejidas hasta tal punto que se haga en extremo difícil su análisis.

Los cuatro problemas se pueden resolver. Los he sacado a la luz sobre todo para que se desvanezca la ilusión de que este análisis por secuencias sea sencillo, pero también para indicar las numerosísimas posibilidades de variación que nos son asequibles si queremos crear una historia a partir de una fábula.

Un último problema es, sin embargo, en algunos casos, insoluble. Una vez más, el ejemplo (E) puede ser ilustrativo. Allí afirmé que (C) cubre el periodo entre la relación reanudada del hablante en primera persona con Masuro, y la muerte de éste. Que sea el periodo referido parece probable en vista del hecho de que es durante esta sección de tiempo cuando sucedieron los acontecimientos que debe relatar el hablante. Sin embargo, si continuamos leyendo el texto de Mulisch, se hace claro que los dos actores se conocieron «en cierto modo» en el pasado. Por consiguiente, ya no es posible determinar si (E) se refiere sólo al periodo de Nueva Guinea, o si incluye también el tiempo en que se conocieron en Holanda.

Por usar un término derivado de la lingüística, podríamos referirnos aquí a una homonimia cronológica. De la misma forma que en ciertos contextos es imposible determinar si la palabra banco se refiere a la institución financiera o al asiento colectivo, también en este caso es imposible asegurar a qué periodo de la fábula corresponde la referencia. Y al igual que es posible usar juegos de palabras para lograr ciertos efectos (confusión, humor, un sentido del absurdo), también la homonimia cronológica se puede usar conscientemente por la misma razón. Después de todo, en el caso de Masuro, ya nos hemos enfrentado con indicios de confusión entre los periodos de Holanda y Nueva Guinea.




Mieke Bal: Teoría de la narrativa.

© 2005-2008 Cora Requena Hidalgo.
Todos los derechos reservados


Última actualización: 15 de abril de 2008