Alejandra Pizarnik

 

Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.

 

Alejandra Pizarnik es una poeta que no necesita presentación. Argentina de nacimiento, hija de inmigrantes rusos, de poesía oscura, terrible, obsesionada con la noche y con la muerte. Nació en 1936, y en 1972 decidió que ya no debía seguir viviendo.
Su retrato, más preciso que cualquier fotografía, dice:

YO SOY...

mis alas?
dos pétalos podridos

mi razón?
copitas de vino agrio

mi vida?
vacío bien pensado

mi cuerpo?
un tajo en la silla

mi vaivén?
un gong infantil

mi rostro?
un cero disimulado

mis ojos?
ah! Trozos de infinito.

 

Fue la princesa y la hija de reyes que aparece en sus poemas. La niña vieja, la que vive en la noche, la hermosa autómata. Entre psiquiátricos, universidades y becas, entre París y Buenos Aires se le pasó el tiempo.

Días en que una palabra lejana se apodera de mí. Voy por esos días sonámbula y trasparente. La hermosa autómata se canta, se encanta, se cuenta casos y cosas: nido de hilos rígidos donde me danzo y me lloro en mis numerosos funerales. (Ella es su espejo incendiado, su espera en hogueras frías, su elemento místico, su fornicación de nombres creciendo solos en la noche pálida.)

 

Resulta extraño escucharla hablar de la sonrisa y de la esperanza. Hay demasiada oscuridad en su poesía. Más que una sonrisa una mueca. Y de vez en cuando algo más.

MUCHO MÁS ALLÁ

¿Y qué si nos vamos anticipando
de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza?

¿Y qué?
¿Y qué me da a mí,
a mí que he perdido mi nombre,
el nombre que me era dulce sustancia
en épocas remotas, cuando yo no era yo
sino una niña engañada por su sangre?

¿A qué, a qué
este deshacerme, este desangrarme,
este desplumarme, este desequilibrarme
si mi realidad retrocede
como empujada por una ametralladora
y de pronto se lanza a correr,
aunque igual la alcanzan,
hasta que cae a mis pies como un ave muerta?
Quisiera hablar de la vida.
Pues esto es la vida,
este aullido, este clavarse las uñas
en el pecho, este arrancarse
la cabellera a puñados, este escupirse
a los propios ojos, sólo por decir,
sólo por ver si se puede decir:
«¿es que soy yo? ¿verdad que sí?
¿no es verdad que yo existo
y no soy la pesadilla de una bestia?».

Y con las manos embarradas
golpeamos a las puertas del amor.
Y con la conciencia cubierta
de sucios y hermosos velos,
pedimos por Dios.
Y con las sienes restallantes
de imbécil soberbia
tomamos de la cintura de la vida
y pateamos de soslayo a la muerte.

Pues eso es lo que hacemos.
Nos anticipamos de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza.

 

Como todos los grandes poetas, vengan de donde vengan, Pizarnik se obsesionó con las palabras. Tal vez las entendió porque era hija de inmigrantes, las cuestionó, como Roberto Arlt, aunque de otra manera. Se conoce mejor una lengua, dicen, cuando no es la materna y no se hereda.

cuidado con las palabras
                                    (dijo)
tienen filo
               te cortarán la lengua
cuidado
             te hundirán en la cárcel
cuidado
             no despertar a las palabras
acuéstate en las arenas negras
y que el mar te entierre
y que los cuervos se suiciden en tus ojos cerrados
cuídate
             no tientes a los ángeles de las vocales
no traigas frases
                         poemas
                                      versos
no tienes nada que decir
nada que defender
sueña sueña que no estás aquí
que ya te has ido
que todo ha terminado

 

Alejandra Pizarnik

Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa.

 

COLD IN HAND BLUES

y qué es lo que vas a decir
voy a decir solamente algo
y qué es lo que vas a hacer
voy a ocultarme en el lenguaje
y por qué
tengo miedo

 

Los ausentes soplan y la noche es densa. La noche tiene el color de los párpados del muerto.
Toda la noche hago la noche. Toda la noche escribo. Palabra por palabra yo escribo la noche.

 

Cuando no hay palabras sólo quedan dos posibilidades, la muerte o el silencio. Lo que no se enuncia no existe. La poesía, dice, es un juego peligroso: o se muere, como Artaud, o se calla, como Rimbaud. En la estela de los poetas malditos.

La para siempre seguridad de estar de más en el lugar en donde los otros respiran. De mí debo decir que estoy impaciente porque se me dé un desenlace menos trágico que el silencio. Feroz alegría cuando encuentro una imagen que me alude. Desde mi respiración desoladora yo digo: que haya lenguaje en donde tiene que haber silencio.
Alguien no se enuncia. Alguien no puede asistirme. Y tú no quisiste reconocerme cuando te dije lo que había en mí que eras tú. Ha tornado el viejo terror: haber hablado nada con nadie.
El dorado día no es para mí. Penumbra del cuerpo fascinado por su deseo de morir. Si me amas lo sabré aunque no viva. Y yo me digo: Vende tu luz extraña, tu cerco inverosímil.
Un fuego en el país no visto. Imágenes de candor cercano. Vende tu luz, el heroísmo de tus días futuros. La luz es un excedente de demasiadas cosas demasiado lejanas.

En extrañas cosas moro.

 

 

La obra poética de Alejandra Pizarnik está reunida en Poesía completa. Editorial Lumen, 2000. Edición a cargo de Ana Becciu.