La tierra baldía en La señora Dalloway


Pese a que La señora Dalloway mantiene un diálogo constante y evidente con La tierra baldía, es en el personaje de Septimus Warren Smith donde el poema, o poemas, de Eliot se oyen con mayor claridad.

Detrás de la vida apacible de Clarissa Dalloway, o por debajo o a un lado, suenan aún las bombas de una guerra que acaba de terminar. Clarissa sale a comprar flores una soleada tarde de junio, y en la calle hay soldados. Los guantes ya no son como eran antes de la guerra. Clarissa admira la fortaleza de esa mujer (Lady Bexborough) que inauguró la tómbola con un telegrama en la mano que le comunicaba la muerte del hijo soldado, el favorito, en la guerra. Las campanadas del Big Ben resuenan o retumban en la cabeza de Septimus como retumbaron antes las bombas («Y de volteadas torres en el aire / Caía un redoblar de campanas reminiscentes, que daban la hora»[versos 381 y 382]); Clarissa, sin saberlo, piensa en los muertos, en los jóvenes que marcharon a luchar para salvar una tierra que ni siquiera era la propia. La señorita Kilman nos habla del castigo, de la pena impuesta a los alemanes, incluso a los alemanes buenos. Y suma y sigue; la guerra como telón de fondo, la guerra presente en las alucinaciones de un hombre cualquiera, que fue joven, que podría haber llevado una vida cualquiera, de Septimus Warren Smith. La misma guerra y los mismos muertos del poema de Eliot, por eso aquí, en La señora Dalloway, Londres, y tal vez Europa o el mundo entero, recibe el nombre de tierra baldía.

Septimus como Flebas el Fenicio en Muerte por agua, el canto cuarto.

«Flebas el Fenicio, que murió hace quince días,
Olvidó el chillido de las gaviotas y el hondo mar henchido
Y las ganancias y las pérdidas.
Una corriente submarina
Recogió sus huesos susurrando. Cayendo y levantándose
Remontó hasta los días de su juventud
Y entró en el remolino.
Pagano o judío
Oh, tú, que das vuelta al timón y miras a barlovento,
Piensa en Flebas, que otrora fue bello y tan alto como tú
» [versos 312 al 321].

En la primera alucinación de Septimus los cadáveres caminan por la ribera del Támesis. «Un gorrión, encaramado en la barandilla de enfrente, canturreó: "¡Septimus, Septimus!", cuatro o cinco veces y, siguió cantando, sacando una a una las notas, cantando con voz nueva y también penetrante, con palabras griegas, cómo no existía el crimen y, acompañado por otro gorrión, desde los árboles de la pradera de la vida, al otro lado del río donde los muertos caminan, que no había muerte» [págs. 171-172].

«El dosel del río se ha roto [...]
Dulce Támesis, discurre plácidamente, hasta que termine mi canción [...]
Pero detrás de mí, en una fría ráfaga, oigo
Matraqueos de huesos y risas descarnadas [...]
Y sobre la muerte anterior de mi padre rey
Cuerpos blancos, cuerpos desnudos sobre la baja tierra húmeda
Y huesos arrojados en una guardilla baja y seca [...]
Tuit tuit tuit
Yag yag yag yag yag yag
Tan rudamente forzada.
Tereo
» [versos 174 a 207].

Aunque Tereo no aparece con su nombre en La señora Dalloway, sí es un personaje recurrente en la obra de Virginia Woolf (especialmente en The years). Cuenta la historia que Philomela, después de ser violada por Tereo, se transformó en pájaro; ¿cómo los pájaros que cantan en griego al oído de Septimus?

Y de pronto aparece Evans, el amigo de infancia de Septimus, el que murió en la guerra y fue traicionado con el olvido. «Evans contestó desde detrás del árbol. Los muertos están en Tesalia, cantaba Evans entre las orquídeas» [pág. 216]. Tesalia, cuya capital es Larisa. Y va junto a Septimus y junto a Rezia: «–¡Por amor de Dios, no vengas! –gritó Septimus. Porque no podía mirar a los muertos [...] Pero las ramas se abrieron. Un hombre de gris efectivamente caminaba hacia ellos. ¡Era Evans! Pero no había en su cuerpo barro; ni heridas; no había cambiado. Debo decírselo al mundo entero, gritó Septimus alzando la mano (mientras el hombre muerto de gris se acercaba), alzando la mano como una colosal figura que ha lamentado el destino del hombre durante siglos, solo, en el desierto, las manos en la frente, surco de desesperación en las mejillas, y que ahora ve en el horizonte del desierto la luz que ilumina y engrandece la figura negra como el hierro, (y Septimus medio se levantó de la silla) y, con legiones de hombres muertos tras él, el gigante en duelo recibe en su rostro, por un momento, todo el...» [pág. 216].

«–¿Quién es ese tercero que camina siempre a tu lado?
Cuando cuento, sólo somos dos, tú y yo, juntos
Pero cuando miro delante de mí sobre el blanco camino
Siempre hay otro que marcha a tu lado
Deslizándose envuelto en una capa parda, encapuchado
No sé si es un hombre o una mujer
–¿Pero quién es ése que va a tu lado?
» [versos 358 al 364].

Entre los mensajes que Evans trae desde el mundo de los muertos para que Septimus los transmita al mundo de los vivos (o al Primer Ministro) se encuentra un ruego: "no taléis los árboles". Aparece tanto en el primer delirio como en el segundo:

«Los hombres no deben talar árboles. Hay un Dios. (Anotaba tales revelaciones al dorso de los sobres)».

«¿Aquél cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,
ha empezado a germinar? ¿Florecerá esté año?
» [versos 71 y 72].

«Evans, Evans, Evans, sus mensajes del mundo de los muertos; no taléis los árboles» [pág. 289].

«¡Oh, saca de allí al Perro, que es amigo de los hombres,
Pues si no lo desenterrará de nuevo con sus uñas
» [versos 74 y 75].

«¡El perro se estaba convirtiendo en un hombre! ¡No podía soportar ese espectáculo! ¡Era horrible, terrible, ver a un perro convertirse en hombre!» [pág. 214].

Londres representa en la novela dos ideas opuestas: por un lado es la vida y sus rincones, sus ruidos, sus movimientos, su bullicio, es todo lo que Clarissa ama; por otro lado es la tierra baldía, también en dos sentidos: la tierra arrasada por la guerra y la tierra de una cultura, de una forma de vida, que agoniza. Sin intención de extenderme o de abordar en profundidad aspectos extratextuales, me parece interesante tener presente la relación que existe entre las imágenes del Londres de Clarissa y las imágenes que la propia Virginia Woolf tenía de su ciudad, puesto que, debido a su enfermedad, Londres era para ella muerte, y, sin embargo, la única vida posible. Pero volviendo a Eliot, la ciudad, y más allá de la ciudad la gente que la habita (imagen colectiva recurrente también en La señora Dalloway) tiene clara conciencia de su agonía y de su infertilidad. Los versos siguientes mantienen, además, una estrecha relación con la conclusión que saca Clarissa del suicidio de Septimus hacia el final de la novela.

«Aquel que estaba vivo ahora está muerto
Nosotros que vivíamos ahora estamos muriendo
Con un poco de paciencia

Aquí no hay agua, sólo roca,
Roca y no agua, el camino arenoso
El camino serpentea entre las montañas
Que son montañas rocosas sin agua
Si hubiese agua nos detendríamos a beber
» [versos 328 a 335].

Finalmente, y para regresar a Septimus, otra vez el agua, la muerte por agua. La visión de Septimus, durante su primera alucinación, transcribe el poema de Eliot. Las costas eliotianas son también las costas de la vida para Septimus. Y suma y sigue.

«Madame Sosostris, famosa pitonisa, [...]
Con un pérfido mazo de naipes. Ahí –dijo ella–
Está su naipe, el Marinero Fenicio que se ahogó:
(Estas perlas fueron sus ojos. ¡Mira!) [...]
Al Ahorcado. Temed la muerte por agua
» [versos 43, 46 a 48, 55]

«Estaba recostado a gran altura, sobre el dorso del mundo [...] él seguía encaramado en su roca, como un marinero ahogado sobre una roca. Me asomé a la borda de la barca y me caí, pensó. Me fui al fondo del mar. He estado muerto, y sin embargo estoy vivo ahora, pero dejadme descansar en paz, suplicó [...] y como ocurre antes de despertar, las voces de los pájaros y el sonido de las ruedas que chocan y chirrían en una armonía dispar, cobran más y más fuerza, y el que duerme se siente arrastrado hacia las costas de la vida, así Septimus se sintió arrastrado hacia las costas de la vida, con el sol cada vez más cálido, los gritos cada vez más fuertes, algo espantoso a punto de ocurrir» [págs. 214-215].

«Me senté en la orilla
A pescar, con la árida llanura a mi espalda
¿Pondré por lo menos en orden mis tierras?
El Puente de Londres está cayendo cayendo cayendo
Poi s'ascose nel foco che gli afina
Quando fiam uti chelidon
–Oh, golondrina, golondrina
Le Prince d'Aquitaine à la tour abolie
Estos fragmentos han sostenido mis ruinas
Why then Ile fit you. Hieronymo's mad againe.
Datta. Dayadhvam. Damyata.
Shantih shantih shantih *
» [versos 423 a 432].



* Repetida así esta palabra, representa el final de un upanishad. "La paz más allá del entendimiento" sería para nosotros una equivalencia de esta palabra [Nota de T. S. Eliot].




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