Kitano Takeshi


Kitano Takeshi, “Beat” Kitano, el gran Takeshi. Es uno de mis directores de cine favoritos… como lo es para mucha gente. Kitano tiene la particularidad de ser japonés, lo que ya es una buena carta de referencia en el mundo de las artes visuales, y nos debería sugerir de inmediato que sus obras, con bastante probabilidad, estarán marcadas por cierta lentitud o detenimiento en la elaboración de la imagen y de la secuencia de imágenes (esto es, del ritmo narrativo); por el humor, muchas veces “fuera de contexto” para un espectador occidental; por una indiscutible nostalgia de los tiempos siempre pasados y siempre mejores; por la violencia extrema y súper producida; por las marcas del tejido, o mejor, por la evidencia de que nos encontramos frente a una obra de arte y no frente a la realidad; por la autorreferencialidad, a la propia obra y a la cultura japonesa en general; por la mixtura de la tradición japonesa con la tradición cultural de Occidente, especialmente yanqui; por la mezcla de géneros narrativos; por el diálogo constante con todas la artes; por… por… por…

Obviamente no todos los cineastas japoneses comparten todas estas premisas, pero es posible que sean frecuentes en las obras de muchos de ellos. Por eso se trata de una “particularidad”, cuyo origen y significados sería más interesante buscar en un estudio de sociología.

Hay, sin embargo, una característica propia en el cine de Kitano que a mí me emociona, y es la enorme dulzura que emana con libertad incluso de sus películas de polis o de yakuza trastornados, como Brother o Sonatine. Una simpatía profunda une al director con sus protagonistas (que generalmente interpreta) y, a través de ellos, con todos aquellos que nos encontramos en el bando de los “buenos” en esencia. Imposible restarle humanidad, fragilidad, ingenuidad, bondad al protagonista de Hana bi. Si usted no se encuentra en el bando de los “buenos” es difícil que lo comprenda.

Y difícil es encontrar un director que desarrolle esa fragilidad emotiva sin temor a caer en lo ñoño, en el ridículo o, peor, bajo la etiqueta omnipresente de lo “light”. Los japoneses son curiosos: se ríen como niños, se divierten como niños… parecen no temer a la risa burlona que los machaca desde occidente. ¿Que Kitano hace el payaso en gran parte de sus películas? Sí, claro… no recuerdo experiencia más liberadora que el visionado de Minna yatteruka!

Pero no todo puede ser risas.

Kitano comenzó su carrera lejos de las escuelas de cine. Primero regentó algunos bares de strippers, hizo de guardaespaldas, recorrió los bajos fondos nipones… todo eso que se muestra en algunas de sus películas. Luego tuvo la suerte de que el director de Violent cop no siguiera adelante con el proyecto y que, quién sabe por qué, se lo dieran a él. Es especial el comienzo de Kitano porque ya desde su primera película hizo lo que quiso con ella (gracia que se concede a muy pocos directores de cine). Después tuvo que demostrar que conocía el oficio y escribió, dirigió y, en uno de los casos, protagonizó, dos de sus filmes de género más elaborados: las bellísimas Dolls y Zatoichi

Kikujiro no natsu es el Kitano más emocional, sin el artificio maravillosamente preciosista de Dolls. Es el viaje en un día de verano a todas las obsesiones que marcan su cine. Es un filme sin pretensiones y tremendamente honesto.

Las dos últimas producciones de Kitano, Takeshi’s y Kantoku Banzai! son una vuelta a todo lo que el director ha dejado atrás: a sus películas, a su terrible accidente en moto, a su pasión por la pintura japonesa, por el teatro, por el claqué, por… por… por…

Vamos a ver qué hace Kitano con Aquiles y la tortuga… pero sea lo que sea, es muy probable que lleve impreso el sello Kitano… lo que no es poco.