Enrique Lihn

 

La musiquilla de las pobres esferas

Puede que sea cosa de ir tocando
la musiquilla de las pobres esferas.
Me cae mal esa Alquimia del Verbo,
poesía, volvamos a la tierra.
Aquí en París se vive del silencio
lo que tú dices claro es cosa muerta.
Bien si hablas por hablar, "a lo divino",
mal si no pasas todas las fronteras.

¿Nunca fue la palabra un instrumento?
Digan, al fin y al cabo, lo que quieran:
en la profundidad de la ignorancia
suena una musiquilla verdadera;
sus auditores fueron en Babel
los que escaparon a la confusión de las lenguas,
gente anodina de los pisos bajos
con un poco de todo en la cabeza;
y el poeta más loco que sagrado
pero con una locura con su cuerda
capaz de darle cuerda a la alegría,
capaz de darle cuerda a la tristeza.

No se dirige a nadie el corazón
pero la que habla sola es la cabeza;
no se habla de la vida desde un púlpito
ni se hace poesía en bibliotecas.

Después de todo, ¿para qué leernos?
La musiquilla de las pobres esferas
suena por donde sopla el viento amargo
que nos devuelve, poco a poco, a la tierra,
el mismo que nos puso un día en pie
pero bien al alcance de la huesa.
Y en ningún caso en lo alto del coro,
Bizancio fue: no hay vuelta.

Puede que sea cosa de ir pensando
en escuchar la musiquilla eterna.

 

De un intelectual a una muchacha del pueblo

Mi falsa bondad tú eres la única en comprenderla,
porque la confundes, ciega, sagazmente con lo único bueno que va quedando de mí
y no distingues entre mi miedo a la vida y mi amor a la vida
y eres, por un momento, el báculo de esta vejez prematura.
Crees, en cambio, en el hombre que yo habría sido y en el que fui fugazmente antes de estos años amargos,
de no haber sucumbido al gusto de la derrota, al placer y hasta a la pasión de la derrota, por lo mismo que crees en el amor
o porque el amor te hace creer, como si se tratara de un manojo de hierbas en manos de una vieja curandera, en sus virtudes balsámicas,
y estás penetrada del papel del amor como de un sabor a hierbas mágicas.
Creerás en lo que te diga, al oído, el horóscopo
en el estilo epistolar en la lectura de las manos;
tu novela soy yo para las noches de insomnio cuando la virginidad acostumbrada a todo da con todo señales de impaciencia
y hay que adormecerla con un cuidado especial;
esta distancia absurda entre tu cuerpo y el mío es el cauce de un sueño que une las dos orillas
colmado, por fin, bajo una tierna luz de amanecer pantanoso.
Te encontrarás en una isla conmigo, cualquier imagen de calendario puede ser en este momento tu hallazgo,
el primer recurso de la poesía y el último, porque no amas las palabras
ni te bastan los excesos de la imaginación, a todo ello prefieres el éxtasis,
poner en orden tu vida con esas grandes manos tranquilas
y esperar.

 

Rimbaud

Él botó esta basura
yo le envidio su no a este ejercicio
a esta masturbación desconsolada
Me importa un trueno la belleza
con su chancro
Ni la perversión ni la conversión interesan
No a la magia. Sí de siempre a la siempre decepcionante evidencia de lo que es
y que las palabras rasguñan, y eso
Lo poetizo también
Este es un vicio al que sólo se escapa como él
desdeñosamente
y pudo, en realidad, bloquearse en su neurosis
perder la lengua a manos de la peste
y ese no ser un sí a la lujuria de la peste

Por todos los caminos llego a lo impenetrable
a lo que sirve de nada

Poesía culpable quizás de lo que existe
Cuánta palabra en cada cosa
qué exceso de retórica hasta en la última hormiga

Pero en definitiva él botó esta basura
su sombrero feroz en el bosque.