Ejercicio de análisis del narrador literario (voz y modo)


Texto 1

Sonó el ruidillo de un interruptor, y la luz de un globo que colgaba del techo, sostenido por tres cadenas doradas, inundó el cuarto. Spade, descalzo y con un pijama a cuadros verdes y blancos, se sentó sobre el borde de la cama. Miró malhumoradamente al teléfono que había en la mesilla mientras sus manos cogían un estuche de papel de fumar color chocolate y una bolsa de tabaco Bull Durham.
Un aire frío y mojado entraba por dos ventanas abiertas, trayendo consigo el bramido de la sirena contra la niebla de Alcatraz, media docena de veces por minuto. Un despertador de ruin metal, con inseguro acomodo sobre una esquina de Casos criminales famosos de los Estados Unidos, de Duke, boca abajo, marcaba las dos y cinco.
Los gruesos dedos de Spade liaron con calmosa minuciosidad un cigarrillo, echando la justa medida de hebras morenas sobre el papel combado, extendiendo las hebras por igual en los extremos y dejando una ligera depresión en el centro, haciendo que los pulgares condujeran con movimiento rotatorio el filo interior del papel hacia arriba y luego lo pasaran por debajo del borde superior, en tanto que los demás dedos ejercían presión para, luego, junto con los pulgares, deslizarse hasta las puntas del cilindro de papel y sujetarlas, mientras la lengua humedecía el borde, al tiempo que el índice y el pulgar de la mano izquierda pellizcaban el extremo a su cuidado y los dedos correspondientes de la mano derecha alisaban la húmeda juntura, tras lo que el índice y el pulgar derecho retorcieron la punta que les correspondía y llevaron el cigarrillo hasta la boca de Spade.

 

Texto 2

Podía ser que su hija se hubiera enamorado. Pero ¿por qué de la señorita Kilman? Que había sido maltratada, sin duda; uno debe ser tolerante con esas cosas, y Richard decía que era muy competente, que tenía una mente con un sentido verdaderamente histórico. De todas formas, eran inseparables. Y Elizabeth, su propia hija, iba a comulgar; y en cuanto a cómo vestía, cómo trataba a la gente que venía a almorzar, no le importaba en absoluto, ya que según su experiencia el éxtasis religioso endurecía a la gente (las grandes causas también); ensombrecía sus sentimientos, pues la señorita Kilman haría cualquier cosa por los rusos, se dejaría morir de hambre por los austríacos, pero en la intimidad infligía auténticas torturas, insensible como era, con su sempiterno impermeable verde. Año tras año llevaba ese impermeable; sudando; nunca pasaban más de cinco minutos sin que te hiciera sentir su superioridad, tu inferioridad; lo pobre que era, lo rico que eras, lo mal que vivía en su miserable barriada, sin un cojín, ni una cama, ni una alfombra, ni cosa parecida, carcomida su alma con esa aflicción que llevaba clavada, la echaron del colegio durante la guerra —¡pobre, amarga y desgraciada! Porque no era ella lo que uno odiaba, sino la idea de ella, que sin duda englobaba cosas que le eran ajenas a la señorita Kilman; se había convertido en uno de esos espectros contra los que uno lucha por la noche; uno de esos espectros que se yerguen ante nosotros y nos chupan la sangre de media vida, dominadores y tiranos; pues sin duda, con otro lance de la fortuna, si los negros hubiesen tenido la supremacía y no los blancos, ¡hubiera querido a la señorita Kilman! Pero no en esta vida. No.

 

Texto 3

El chino ya no le habla a la niña. Como si la dejara. Como si estuviera en la distracción del viaje. Mira afuera. Ella, en cambio, le mira la mano que está encima del brazo del asiento. El ha olvidado esa mano. Pasa tiempo. Y luego, de repente, sin saberlo del todo, ella se la coge. La mira. La sostiene como un objeto al que nunca antes hubiera visto tan de cerca: una mano china, de un hombre chino. Es delgada, con una ligera inflexión hacia las uñas, un poco como si estuviera rota, víctima de una adorable dolencia, tiene la gracia del ala de un pájaro muerto.
En el anular lleva una alianza, de oro con un diamante insertado en el espesor central del oro.
Ese anillo es demasiado grande, demasiado pesado para el anular de esa mano. Esa mano, ella no lo sabe muy bien, debe de ser bella, es más oscura que el nacimiento del brazo. El reloj que está cerca de la mano, la niña no lo mira. Ni el anillo. Está deslumbrada por la mano. La toca «para ver». La mano duerme. Ella no se mueve.
Y luego lentamente se inclina hacia la mano.
La husmea. La mira.
Mira la mano desnuda.
Luego bruscamente abandona. Ya no la mira.
No sabe si él duerme o no. Suelta la mano. No, no duerme al parecer. No sabe. Le da la vuelta a la mano, con mucha delicadeza, mira la palma de la mano, el interior, desnudo, toca la piel de seda cubierta de un fresco trasudor. Luego vuelve a colocar la cosa en el mismo sitio donde estaba en el brazo del asiento. La acomoda. La mano, dócil, se deja.

 

Texto 4

Cuando el maldito idiota volvió, Septimus se negó a verlo. ¿De veras? Preguntó el doctor Holmes, con una afable sonrisa. Por cierto que tuvo que darle un empujoncito amistoso a esta encantadora mujercita, la señora Smith, para poder pasar al dormitorio de su marido.

 

Texto 5

Alicia abrió la puerta y descubrió que conducía a un estrecho pasadizo, no mucho mayor que una ratonera. Se arrodilló y, a través del corredor, vio el más hermoso jardín que jamás hayáis visto. ¡Qué ganas tenía de dejar la sombría sala y deambular por entre aquellos lechos de rutilantes flores y aquellas frescas fuentes!, pero ni siquiera le entraba la cabeza por el hueco de la puerta; «y en caso de que pasara —pensó Alicia— de poco me serviría sin los hombros. ¡Ah, cómo me gustaría plegarme como un telescopio! Creo que podría, si supiera cómo empezar». Porque, ya veis, le habían ocurrido últimamente tantas cosas extraordinarias que Alicia empezaba a pensar que muy pocas eran realmente imposibles.
Era inútil quedarse allí plantada ante la puertecita, así que volvió a la mesa, con cierta esperanza de hallar encima otra llave o, al menos, un libro con las instrucciones para poder plegarse como un telescopio. Esta vez encontró una botellita («que por cierto no estaba aquí antes», se dijo Alicia): tenía atada alrededor del cuello una etiqueta de papel, en mayúsculas bellamente impresas, con la palabra «BÉBEME».

 

Texto 6

Es posible morir. De repente, Laura piensa en que ella —cualquiera— puede elegir esa opción. Es un pensamiento osado y vertiginoso, ligeramente incorpóreo; se le anuncia en el interior de la cabeza, débil pero claro, como una voz que crepita en una lejana emisora de radio. Podría tomar la decisión de morir. Es una idea abstracta y fulgurante, no especialmente morbosa. ¿No es en habitaciones de hotel donde la gente hace esas cosas? Es posible, hasta probable, que alguien haya puesto fin a su vida aquí mismo, en esta habitación, en esta cama. Que alguien haya dicho: basta, ya no más; que haya mirado por última vez estas paredes blancas, este techo blanco y liso. Ella comprende que, al entrar en un hotel, abandonas los detalles de tu propia vida y penetras en una zona neutra, una habitación blanca y limpia, donde morir no parece un acto tan absolutamente extraño.
Podría ser, piensa, profundamente consolador; podría ser una acción tan libre: dejarse ir, simplemente. Decirles a todos que no podía aguantar, no os hacéis idea; no quise intentado más. Tal vez hubiese, piensa, una belleza atroz en ese acto, como un campo de hielo o un desierto en la mañana temprano. Ella entraría, como si dijéramos, en aquel otro paisaje; los dejaría a todos, a su hijo, a su marido y a Kitty, a sus padres, a todos, en este mundo maltrecho (nunca volvería a ser completo, nunca estaría limpio del todo), y cada cual diría al otro y a quienquiera que preguntase: «Creíamos que ella se encontraba bien, que sus cuitas eran las normales. No sabíamos nada».




Cora Requena Hidalgo
Universidad Complutense de Madrid
Ciencias de la Información
2008-2009