Los modos de la lectura

3. La lectura en la Red

Por Antonio Dueñas Martínez

Las lecturas en la pantalla del ordenador suelen ser incómodas y apresuradas. Hay una neta diferencia, no obstante, entre lectores de prensa en la red y estudiantes o investigadores. La lectura de la prensa tiene características distintas y hay quien sostiene, sin duda con razón, que se lee más prensa virtual que impresa; la primera, dicen, permite una visión general y rápida para una posterior profundización, si así se decidiera, en algún aspecto elegido. Mi impresión es que la lectura de la prensa en la red es siempre más superficial, pero éste es un aspecto que se aparta de esta reflexión. Sí puede constatarse que, cuando se trata de una búsqueda más específica, muchos investigadores prefieren imprimir el texto, porque este tipo de lectura sirve justamente más para titulares de prensa virtual o para el conocimiento inicial de algo que para un análisis detallado; para el lector común este tipo de lectura supone el desorden y la renuncia a los más elementales principios físicos del hábito lector, como la comodidad, el lugar de la lectura (mucho se ha escrito sobre versatilidad del objeto-libro) o incluso el mismo contacto físico con sus páginas.

Hay, sin embargo, fenómenos relativamente nuevos y destacables que el lector atento advierte de manera muy evidente en las lecturas por internet, en los paseos caprichosos por la red (caprichos tanto del lector como del propio soporte); en muchas de sus manifestaciones, tales como crónicas, páginas profesionales o personales, comentarios, blogs o foros dedicados a cualquiera de las casi infinitas actividades presentes en este mundo virtual. Dichos fenómenos podrían resumirse en una tendencia creciente a la relativización (a veces bajo la máscara de la perspectiva), por un lado; a la posibilidad y la orientación, por otro, de la construcción del llamado pensamiento lateral. En ambos casos se trata de fenómenos bifaciales, escurridizos, que dejan siempre la amarga sensación del recurso desaprovechado, de la falta de rigor (de pensamiento y de expresión), que evidencian siempre una omnipresente y (¿sería dramático decir dramática?) aculturización .

Procedamos con orden. En el primer caso, el de la relativización, nos encontraríamos en las proximidades de lo que Gianni Vattimo define como pensamiento débil. Es cierto que las bases cartesianas, marxistas o cristianas del desarrollo del pensamiento occidental tienden a difuminarse por esa misma relativización de los argumentos, por la desconfianza (ignorancia, con frecuencia, o pereza) en determinados principios argumentativos. Ésta parece ser la característica fundamental de la sociedad moderna; o postmoderna, habría que decir con mayor propiedad. El debilitamiento del pensamiento tradicional (véase la interpretación del propio Vattimo sobre el concepto niestzchiano de superhombre) se debe en parte a la enorme difusión y poder de los medios de comunicación y, con seguridad, al anteriormente mencionado fenómeno de que cualquiera puede tomar la palabra. La paradoja de esta aparente apertura radica en el hecho de que un mayor acceso (con frecuencia en el campo de la investigación se habla precisamente de open access) a esta nuevas formas de participación no está dando como resultado una sociedad más civilizada, culturizada o simplemente educada; por el contrario, la extensión se refleja en una merma de la reflexión y en un encaminarse hacia formas más propias con frecuencia del pensamiento mítico. El pensamiento débil encuentra su fuerza precisamente en la apertura hacia muchas formas de conocimiento e interpretación, en la angustia del ser humano por tener que elegir (“toda elección es renuncia”, dicen las filosofías orientales) y en la constatación de que los sistemas graníticos, sin fisuras, inamovibles no son ya posibles. El razonamiento en la red, por el contrario, discurre con frecuencia por vías más próximas al chamanismo que a la reflexión; se desconocen las formas del análisis y se rechazan las que provienen de el otro; los modos de expresión (el deficiente uso y escaso dominio de la propia lengua ) son más propios del analfabetismo funcional que de alguien capaz de dialogar sobre bases sencillas, culturales, de cortesía y de convivencia. La ignorancia (y la persistencia obtusa en la misma, que es la peor de sus formas) se concreta con frecuencia en la ristra de consabidas muletillas (eso es así porque lo digo yo, mi opinión es tan buena como la que más, yo uso la lengua con libertad, es decir, como me da la gana, porque soy libre y auténtico, etc. etc.) que demuestran precisamente la torpeza, estupidez e injustificada altanería de quien las vierte. Más que de pensamiento débil, habría que hablar de la debilidad del pensamiento, de la inconsistencia del razonamiento, del maltrato de la palabra. ¿Aludía a este fenómeno Kundera cuando proponía su levedad del ser? Levedad sería, en todo caso, un término culto que tal vez debiéramos sustituir por vacuidad, por vaguedad.

El pensamiento lateral se configura como un acercamiento a la solución de una determinado problema a través de vías alternativas, insospechadas en principio, alejado del tradicional análisis cartesiano que trata de perforar el problema de manera frontal y vertical. Algo tan viejo, aunque dentro de una formulación más nueva, como la tradicional oposición entre guerra frontal y guerra de guerrillas. La lectura en la red, en el mejor de los casos, puede facilitar una reconstrucción global del argumento que se investiga proporcionando el soporte (o suplantado la propia capacidad o disposición mental) a través de las asociaciones que los buscadores de la red nos proporcionan. Es indudable que en este sentido es un instrumento muy ventajoso. En el primer tercio del siglo XX Osip Mandelstan escribía estos hermosos versos: he olvidado la palabra que quería pronunciar y mi pensamiento, incorpóreo, regresa al reino de las sombras. En el último tercio del mismo siglo Juan Benet escribe en En la penumbra: La palabra es la portadora de la razón y el cambio de una partícula puede llevar al pensamiento en una dirección imprevista.

El lector del primer tercio del siglo XXI, por desgracia, no alcanza (o no necesita) a hacer este tipo de reflexiones tan propias de la fusión entre el pensamiento y la palabra en cualquiera de sus formas. Si Mandelstan o Benet (permítase la boutade) hubiesen tenido la posibilidad de jugar con Google, al juego de las asociaciones, hubieran tenido la posibilidad de tejer, para el concepto y palabra venganza, por ejemplo, una multired con un millón seiscientas treinta mil entradas en castellano. Naturalmente si el lector tuviera la paciencia y el empeño de hacer una rigurosa selección, se quedaría con unas pocas docenas, suficientes como par analizar el concepto desde perspectivas morales, históricas, literarias, filosóficas e incluso de aforismo de salón. Si además el lector fuera capaz de aportar su propia capacidad e ingenio, es posible que encontrara nuevas soluciones, soluciones laterales, para la solución estética o moral que pretende, porque cuenta, al menos, con la información suficiente para ello. La lectura en la red puede, por tanto, indicarnos las vías por las que puede discurrir nuestro pensamiento y a través de las cuales podríamos articular un pensamiento más globalizador. Cierto que, en esta sustitución del genio por el ingenio, desaparece la belleza de las palabras de Mandelstan y Benet.

El pensamiento lateral es un concepto, sin embargo, que puede enmascarar la falta de un análisis riguroso. Del mismo modo que se pueden citar títulos (y decir que se han leído) a través de las informaciones de la red, la acumulación de información, de sugerencias y relaciones, puede conducir a la relativización de los argumentos, a la dispersión y a la falta de propuestas concluyentes. ¿Consistirá también en esto el tan manoseado pensamiento débil? Proponía Vattimo, hace ya más de dos décadas, que el análisis debe ser multidireccional, multicultural, transversal, que las verdades son siempre relativas y que la única propuesta racional es la de adaptarse a las nuevas propuestas. ¿Será también así con la lectura? La impresión que obtiene el lector es que en nombre de este pensiero morbido se condesciende en exceso con las modas de la lectura y con el capricho o dictado del negocio editorial en sus distintos y transversales modos. Es difícil encontrar ya una librería, sólo existen tiendas de libros; es difícil encontrar un librero; sólo, vendedores de libros. Los libros del mes anterior son ya viejos y desaparecen de los expositores más visibles; los del año anterior, han desaparecido hasta del catálogo. ¿Manías de lector profesional? No lo creo, constatación simple de la peor postmodernidad en su vertiente editorial y de lectura.