La mujer carmesí, de Izumi Kyōka

Satori Ediciones, Gijón 2011

Izumi Kyoka
Cae una lluvia torrencial en Tokio. Un grupo numeroso de viajeros espera a que llegue el tren a la estación. Entre ellos, un hombre vestido elegantemente a la manera occidental, comienza a recordar.

Es el inicio de Orizuru Osen, dirigida por Mizoguchi Kenji en 1935, una de las pocas películas silentes que se conservan del director, con rótulos y benshi, y en blanco y negro. En ella se cuenta la historia de una mujer, Osen, que integra la banda de estafadores de Kumazawa, de quien también es amante. Un día conoce por fortuna al joven Sokichi y lo lleva consigo a la banda para sacarlo de la miseria en la que se encuentra; sin embargo, pronto se da cuenta de que Sokichi pertenece a un mundo muy distinto al que ella conoce, el mundo de la inocencia y de la pureza, y decide salvarlo (y salvarse a sí misma) abandonando y traicionando a Kumazawa.

Ésta es la historia principal en el filme de Mizoguchi. Osen (interpretada por una magnífica Yamada Isuzu) es una mujer que se encuentra repentinamente con su propia fortaleza al descubrir el sentido de la vida; Osen lucha por proteger la pureza de Sokichi y se sacrifica cuando debe prostituirse por él para pagar sus alimentos y sus estudios; Osen sabe que esa tarea le ha sido misteriosamente encomendada por la abuela del muchacho.

A grandes rasgos, Osen es un personaje prototípico, fácilmente reconocible en la obra de Mizoguchi, que hace en este filme una de sus primeras apariciones: la mujer abnegada que por amor o por deber se sacrifica (por lo general, protituyéndose) y soporta cualquier sufrimiento por el hombre que intenta proteger, incluso si esto la conduce a la locura o a la muerte, incluso si sólo recibe a cambio desprecio, humillación, indiferencia o ingratitud. Se trata de un personaje de melodrama, en torno al cual giran todos los demás aspectos de la historia y también sus personajes, eclipsados por el conflicto que plantea el sacrificio.

La historia de Mizoguchi es una adaptación del cuento La mujer carmesí de Izumi Kyōka, recientemente publicado por Satori Ediciones junto a otros tres cuentos del mismo autor bajo el título de El santo del monte Koya y otros relatos. Corresponde a una de las tres adaptaciones que Mizoguchi hizo de las historias de Kyōka, junto a Taki no shiraito (1933) y Nihon bashi (1929, hoy perdida).

La historia de Kyōka es muy similar a la de Mizoguchi (que respetó gran parte de los acontecimientos, los personajes y el orden del discurso en su adaptación cinematográfica); sin embargo, difiere considerablemente en su forma de ser narrada. Aun cuando la historia es la misma, la impronta de sus autores (sus obsesiones, sus ritmos, sus temas) señala ambas obras como textos independientes y, en algunos aspectos, muy lejanos entre sí.

La mujer carmesí comienza igualmente en una estación de ferrocarril en la ciudad de Tokio en la que se agolpan los pasajeros en espera del tren que no llega a causa de una fuerte tormenta que ha ocasionado un fallo eléctrico. Un narrador de extrema elegancia construye el espacio a través de lo que ve, de la captación y la descripción de detalles fugaces, de la construcción de imágenes, por momentos, mucho más poéticas que narrativas. En su discurso están presente las marcas de su propia autoría pues posee la consciencia de estar contando la historia a alguien a quien (quienes), además, hace continuos guiños al incorporar como referentes pequeñas historias que forman parte de la tradición cultural literaria japonesa.

El lector ve la estación de tren y ve a un hombre elegante, Sokichi, que acaba de regresar del extranjero donde ha ido a perfeccionar sus estudios de medicina. Sokichi también ve, y el lector ve con él (a través de sus ojos), a una inquietante mujer que confunde con la esposa de su primo. Junto a ella se encuentra la mujer carmesí que da título al cuento, Osen. La descripción de ambas mujeres, así como el cambio paulatino del foco de atención que viaja de una mujer a otra, se realiza de forma sosegada, deteniéndose en cada pequeño gesto que construye a partir de la descripción física la verdadera caracterización del personaje. Éste es un recurso recurrente en Kyōka, que forma parte de su estilo de narrar. No existe aquí una caracterización pormenorizada de los rasgos que estructuran psicológicamente a los personajes, más bien al contrario un par de pinceladas parecen bastar para anclar a la mente del lector la enorme fuerza visual, icónica, que transmiten. De Osen el narrador dice que “más que hermosa era impresionante”, y son únicamente sus cejas las que permiten a un Sokichi ya adulto reconocer en la mujer que observa a aquella otra que, en el pasado, lo salvara de la mendicidad. Es esta elegancia del detalle (propia de Kyōka) la que ocasiona que Sokichi recuerde su vida anterior.

La narración de este primer momento, fundamental para la historia que se desarrollará más adelante, ocupa gran parte del cuento. A diferencia de lo que ocurre en el filme de Mizoguchi, la temporalidad del relato no respeta la estructuración en tres actos (con sus respectivos puntos de giro), más cercana al relato literario occidental en su desarrollo, sino que se inserta de lleno en la forma de construcción temporal del relato japonés.

Poco después, una vez dentro del recuerdo de Sokichi, todo ocurre con mayor rapidez. El joven provinciano ha llegado a Tokio para estudiar medicina, vive en un barrio de marginales y está al servicio de la banda de estafadores de Kumazawa. Su vida es miserable, se siente morir de hambre, roba comida y es humillado. Cuando intenta suicidarse Osen se lo impide y le propone comenzar una nueva vida, lejos de Kumazawa. En una página escasa se desarrolla la historia de la estafa de Kumazawa al monje que quiere vender las estatuillas de su templo, a quien pretende acostar con Osen y luego extorsionarlo. La diferencia entre los textos de Kyōka y Mizoguchi es, por tanto, evidente, y da un significado diametralmente opuesto a cada uno de ellos ya que en la versión de Mizoguchi lo importante es el melodrama que nace a partir de la estafa (que ocupa gran parte del minutaje de la película), mientras que en Kyōka ésta no tiene desarrollo (la cuenta Osen rápidamente en unas cuantas líneas) y sirve, sobre todo, para crear uno de los momentos más hermosos de la historia: el baño purificador que simboliza el cambio de vida de Osen.

En esta historia de Kyōka no existe el melodrama en torno a la figura de Osen. De ella se sabe que fue geisha, que es una mujer mantenida que no se cuestiona los actos de Kumazawa hasta que aparece Sokichi. Pocas líneas más adelante, cuando la policía va a su casa para llevársela detenida, no se dice por qué. El lector sabe al final del cuento que, luego de la separación de Sokichi, ella se ha dedicado a la prostitución para sobrevivir. Todas estas características privan a la protagonista de Kyōka del contenido melodramático que le otorga Mizoguchi al crear (y recrearse en) el escenario y los acontecimientos necesarios para sumergirla en el sufrimiento de su sacrificio. En el cuento de Kyōka también está presente el tema del sacrificio de Osen, sin duda, pero no se lo enseña, sino que se lo sugiere (otra vez la elipsis de Kyōka); ante los ojos del lector no llega a actuar realmente una Osen desquiciada, perdida en sus alucinaciones; en definitiva, su vida es como debía haber sido con o sin Sokichi. Y, sobre todo, no existe en ella moraleja.

En La mujer carmesí existe, por tanto, un desplazamiento del contenido melodramático del personaje de Osen al de Sokichi. En el cuento él es el protagonista a través de cuyos recuerdos, pensamientos, reflexiones, se desarrolla la historia. La historia de su transformación, de su caída, de su abandono. En este sentido, más importante que el tema del sacrificio (de Osen) es el tema de la culpa (de Sokichi), que Kyōka resuelve magistralmente y con gran elegancia en un final sugerido, cuando el médico pone en manos de Osen la navaja con la que muchos años antes intentó suicidarse. Aquí sí existe moraleja, y se relaciona, por un lado, con el baño simbólico con que Osen intenta alejar a la muerte y, por otro, con la grulla de papel, trasunto del alma de Osen y guía de Sokichi cuando ella deja de estar presente.

 

 

 

 

Frente al Pacífico, de Montserrat Sanz Yagüe

Isla del Náufrago, Segovia 2011

Frente al Pacífico
Frente al Pacífico es un bello libro formado por doce relatos no ficcionales escritos por la profesora Montserrat Sanz Yagüe, de la Universidad de Estudios Extranjeros de Kobe, en los que la autora descubre y reflexiona sobre algunas costumbres y valores ético-estéticos de la cultura japonesa.

Cada relato se encuentra precedido por una hermosa caligrafía de Tomoko Miyamoto, que presenta y anuncia la idea central del mismo: integridad, pureza del alma, esfuerzo, aceptación del destino, responsabilidad individual, colectividad, abnegación, espíritu de servicio, respeto a los ancianos, educación, dedicación al trabajo y sacrificio.


Integridad
«Escrito con amenidad y rigor […] este libro es una puerta a los valores que subyacen bajo esa lección de fortaleza que las víctimas del desastre brindaron al mundo y que supuso para muchos una oportuna reflexión personal en una era en la que preocupa el declive moral de tantas sociedades».

Los beneficios obtenidos por la venta del libro que corresponden a los de derechos de ambas autoras serán dedicados de manera íntegra a la Escuela primaria de Ookawa, en Ishinomaki, en la que murieron setenta y cuatro de sus ciento ocho alumnos y diez de sus trece profesores, mientras que la editorial Isla del Náufrago destinará la mitad de sus beneficios para acudir en ayuda de la misma.


Para leer las primeras páginas del libro pulse este enlace


 

 

Utilidad de la ficción

Carlos García Gual

El País, 30/10/2010

Si hoy me pregunto por qué amo la literatura, la respuesta que de forma espontánea me viene a la cabeza es: porque me ayuda a vivir, "escribió T. Todorov en el prólogo a su libro La literatura en peligro. Y añadía luego: "La literatura, más densa y más elocuente que la vida cotidiana, pero no radicalmente diferente, amplía nuestro universo, nos invita a imaginar otras maneras de concebirlo y de organizarlo". En esa misma línea, Alberto Manguel subraya la importancia de los relatos de ficción para una comprensión auténtica y panorámica del mundo y de nuestra accidental existencia. Ya que vivimos en un tiempo y un espacio histórico muy limitados, la lectura de textos literarios nos abre ventanas a experiencias y mundos de otros horizontes; nos invita a entender, imaginar, y convivir otras aventuras, dramas y realidades, y así ahondar en el conocimiento de lo humano, es decir, de nosotros mismos, más allá de nuestra casual y exigua circunstancia. El encuentro con esas ficciones estimula nuestro imaginario, educa nuestra conciencia y habla de cuán interesante y múltiple es la condición humana.

Sobre la utilidad vital de las ficciones escribe Manguel: "Las ficciones pueden ayudarnos, aliviarnos, iluminarnos y mostrarnos el camino. Sobre todo, pueden recordarnos nuestra condición, traspasar la apariencia superficial de las cosas… pueden alimentar nuestra conciencia… para saber qué somos, un conocimiento esencial que nace de la confrontación con la voz de otro. Soñar historias, contar historias, escribir historias, leer historias, son artes complementarias que otorgan palabras a nuestro sentido de la realidad…". (También Vargas Llosa, con claro estilo, ha comentado cómo ese mundo ficticio de la literatura, con "la verdad de las mentiras", paradójicamente, nos ofrece una verdad más honda que la de la limitada experiencia personal). Para ilustrarlo, Manguel evoca ficciones y fantasmas familiares: Gilgamés, Casandra, Don Quijote, Kafka, y otros, que nos sugieren propuestas audaces de un mundo interesante y mejor.

Lector, autor y personajes de ficción configuran un triángulo esencial en ese proceso de comunicación. En el capítulo ‘Los ladrillos de Babel’ recuerda el espectacular progreso de los medios de la difusión de la escritura "desde los tiempos de las tablillas mesopotámicas hasta los medios electrónicos de hoy, bancos de memoria más vastos y fiables que el cerebro humano" (abrumadora e infinitamente más vastos). Pero a la par advierte que, tras tantos avances, "leer no es dominar un texto, y (como bien sabían los antiguos bibliotecarios de Alejandría) la acumulación de saber no equivale a conocimiento". Leer bien e interpretar a fondo los textos aún requiere siempre tiempo, memoria e inteligencia. (Aunque sea una tarea, en efecto, bastante más cómoda que en Babilonia o Alejandría). Los impactantes avances electrónicos mejoran el instrumental, pero no cambian el encuentro: la verdadera lectura sigue siendo un desafío intelectual y un arte y una educación sentimental. Moraleja: "Para ello (leer bien) necesitamos prescindir de las tan cacareadas virtudes de lo rápido y lo fácil y recuperar el valor positivo de ciertas cualidades casi perdidas: la profundidad de la reflexión, la lentitud del avance, la dificultad de la empresa".

En su conocido ensayo sobre La experiencia de la lectura ya C. S. Lewis insistía en que los buenos libros, los que proporcionan una ampliación de nuestra conciencia, se diferencian de los otros en que "proponen una buena lectura", y necesitan lectores críticos y con gusto. "El valor de la literatura se verifica cuando tiene buenos lectores". Ser buen lector no requiere ser pedante, docto, erudito, ni nada parecido. Leer bien requiere atención, agudeza y tiempo. Y ese educado hábito es lo que ahora, con la proliferación de publicaciones y la literatura de consumo rápido y entretenimiento fácil, parece muy amenazado. Este es el asunto central del último capítulo de Manguel: la comercialización de la literatura, que se hace trivial y banal para el consumo de una sociedad masiva y mediática. "Las cadenas de librerías venden el espacio de sus escaparates y mesas al mejor postor, de forma que lo que ve el público es aquello que la editorial paga para que se vea. En consecuencia, pilas de libros que anunciados como best sellers ocupan la mayor parte del espacio físico de la librería y todos ellos, como las salchichas, llevan una fecha de caducidad implícita que garantiza una producción constante". Novelas superficiales inundan el mercado, gozan de amplia publicidad bien pagada, y con lenguaje facilón e intriga trepidante ofrecen saciar las ansias lectoras de un público espeso, vasto, apresurado y unánime. La publicidad es engañosa; la crítica a menudo negligente. No es fácil, en mi opinión, definir qué es buena literatura; hemos de recurrir al juicio de los raros buenos lectores. Aún quedan; incluso entre los viajeros en metro. Como los buenos relatos, amigas voces de alerta, a contrapelo de las modas, siguen ahí, incorruptibles. La ciudad de las palabras, razonado y ameno elogio de la ficción, lo demuestra.

 

 


UCM